Salento, la joya del Quindío

El camino me llevó en un autobús nocturno desde Medellín hasta Armenia, la capital del departamento de Quindío. Me estaba adentrando en el Eje Cafetero colombiano.

Al llegar, y tras algunas primeras indicaciones, utilicé los servicios de una minutera. Los minuteros son las personas que prestan el uso de teléfonos a quienes necesiten llamar, cobrando por minuto, y es habitual verlos en las calles con sus chalecos llenos de celulares enganchados con cables. Yo tenía que hacer contacto con Jorge (un amigo al que todavía no conocía) y así me comuniqué con él.

La posibilidad de hospedarme en la finca de Jorge me llegó por referencia de dos viajeros amigos a los que él había recibido allí, desinteresadamente. Jorge resultó ser un anfitrión de lujo. Esa mañana apareció a buscarme a la ruta en su motocicleta, con la que fuimos subiendo por los montes de cafetales y plátanos. Camino arriba soplaban los aromas perfumados, los verdes a la vista eran mil y uno. Al llegar a su casa, en la mesa había un plato de patacones (mmm… patacones) y café tinto para desayunar. En su finca cercana a Quimbaya me terminaría quedando cuatro días como invitado.

Entre otras recorridas que pude hacer por la zona, un día lo tomé para conocer Salento, que es el motivo de este artículo. De Salento puedo contarles que está situado a 26 kms. de Armenia, y que en su zona urbana viven poco menos de 4000 personas (que casi se duplican si se cuenta el área rural). Su fundación data de enero de 1842 y se lo apoda “el padre del Quindío” por ser su municipio más antiguo. Es una ciudad que funciona al ritmo de la actividad de las siembras y las cosechas, y que en los años recientes se ha posicionado como destino para viajeros de todo tipo y factor.

Salento responde a la atracción que genera. Una caminata por sus callecitas llena los ojos de colores, de tonos alegres e intensos. Todo está cuidadosamente pintado: paredes, puertas, ventanas, balcones. Los trabajos decorativos en madera embellecen aún más las fachadas de las casas. Y los techos de tejas no pasan desapercibidos. Todo queda lindo. La vía principal de la ciudad es la Calle Real, donde funcionan numerosos almacenes, tiendas de artesanías, de tejidos, cafeterías y restaurantes. En sus veredas, entre los faroles, hay bancos para sentarse donde tienen lugar las cotidianas charlas entre paisanos (muchos de ellos vistiendo indumentarias tradicionales). Los salentinos son muy cordiales, les gusta conversar y están más que acostumbrados a tratar con visitantes. La alegría colombiana aparece muy bien representada en este paraje entre los cerros cafeteros.

En uno de los extremos de la Calle Real se ubica la Plaza Bolívar, punto de encuentro de los habitantes y también de los viajeros. Al frente encontraremos la Iglesia de Nuestra Señora del Carmen, cuyo edificio actual (de una sola torre) fue construido después de que los terremotos de la década del ’20 del siglo pasado destruyeran el anterior (de dos torres). En otro de los costados veremos la Alcaldía, una construcción típica del lugar, pintada de blanco y anaranjado, con balcones. Por cualquiera de las calles aledañas que elijamos perdernos podremos disfrutar de bellas casas.

Otra de las atracciones de la ciudad son sus dos miradores: Alto de la Cruz y Ecoparque El Mirador. Al primero se llega subiendo 253 escalones hasta la cima. Para el segundo hay que caminar la Carrera 4ta. hasta la particular estructura de madera que funciona como observatorio. Ambos ofrecen unas panorámicas muy interesantes del casco urbano de Salento y del Valle de Cocora (una reserva natural de la que ya escribiré más adelante).

El día fue pasando y tuvimos que volver para la finca de Jorge, a la espera de nuevos lugares para conocer. La deuda que me quedó con Salento fue no pasar allí una noche. Me imagino que debe ser delicioso el discurrir de la luna entre sus callejones alumbrados por los faroles, con esos tonos tan vivos iluminados de manera tenue. Me quedará pendiente para una próxima visita, porque me parece que a todo aquel que conoce Salento le quedan ganas de regresar algún día.

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