Nota al azar

Epecuén, ruinas de un pueblo contemporáneo

Según la academia que regula nuestro idioma, una ruina son los restos de uno o más edificios arruinados. En términos históricos, podemos encontrar ejemplos como Tiwanaku, Numancia o Efeso, entre muchísimos otros. No casualmente los tres antiguos asentamientos que acabo de mencionar tienen más de mil años de antigüedad. Tampoco casualmente, en esta nota voy a escribir acerca de unas ruinas que tienen apenas 30 años y que están ubicadas en la provincia de Buenos Aires.

Me estoy refiriendo a Villa Epecuén, o lo que queda de ella. Esta localidad se fundó en 1921 con fines turísticos, a orillas del lago del mismo nombre (unos 7 kilómetros de distancia de Carhué). Las aguas del lago se consideran termales debido a su alto grado de salinidad, lo cual poco a poco comenzó a atraer viajeros interesados en sus propiedades curativas y también en el descanso. Otro punto que favoreció el auge de Epecuén fue que hasta la zona llegaban tres líneas de ferrocarril, el medio de transporte por excelencia de aquella época. Con el paso de los años la localidad fue creciendo, se instalaron hoteles, balnearios, comercios y algunas industrias relacionadas a la explotación de la sal. De tal forma, para la década del ’70 del siglo pasado contaba con una población estable de aproximadamente 1500 habitantes, y durante los veranos llegó a albergar a 25000 turistas viajeros.

A principios de la década del ’80 las regiones de la cuenca del Río Salado comenzaron a anegarse en reiteradas ocasiones, a causa de las lluvias y de la inundación de sus arroyos y lagunas. La desventaja de Epecuén era que se encuentra en la zona más baja de la cuenca, donde ya las aguas no tienen hacia donde correr. Ante esta situación, las autoridades de Epecuén decidieron la construcción de un muro de cuatro metros de altura, ubicado sobre la costa, que contuvo el agua durante algún tiempo. Sin embargo, esta medida de emergencia no pudo remediar tantos años de abandono en materia de obras hidráulicas.

El 10 de noviembre de 1985 se produjo la catástrofe. El lago rebalsó el muro e inundó por completo la ciudad. Las casas, los hoteles, las tiendas, la escuela, las pequeñas fábricas, los jardines, todo quedó bajo el agua. Los habitantes fueron relocalizados principalmente en Carhué, adonde llegaron sólo con lo puesto. Diez años después de la gran inundación, Epecuén seguía tapada por siete metros de agua. Gracias a algunas obras realizadas en las últimas décadas que impiden que más caudal de la cuenca llegue al lago, el nivel del agua fue descendiendo paulatinamente. En la actualidad ya ha retrocedido casi en su totalidad, aunque aún quedan algunas partes inundadas.

Lo que hoy encontramos en Epecuén son las ruinas de un pueblo que hasta hace no mucho estaba vivo y vigente, de un lugar que tal vez los mayores de cincuenta años hayan podido conocer en su esplendor. Sin restauraciones de ningún tipo, se lo puede visitar tal y como el agua lo dejó, como un montón de edificios derrumbados.

La primera sensación que tuve cuando llegué fue la de estar caminando por una zona de guerra, parecía que el pueblo había sido bombardeado el día anterior. El panorama luce desolador: escombros, grietas, óxido, árboles secos. Sin embargo, como siempre tuve interés por las ruinas abandonadas, no sentía tristeza sino cierta fascinación melancólica. Por la que fuera (o aún es) la Avenida de Mayo se encuentran los restos de los hoteles Venecia, Avenida, Monterreal, Parque, Azul. Si nos apartamos un poco de la arteria principal podemos visitar lo que queda del asilo de ancianos y del centro termal, además de otras viviendas particulares. Porque si no tenemos problema en mojarnos un poco los pies, es posible andar por todas las calles de Epecuén, sorprendiéndonos con lo que quedó de lo que ya no es. Hacia el final de la avenida aparece el antiguo balneario municipal, aunque gran parte de éste se encuentra aún bajo las aguas. Es muy recomendable permanecer en el pueblo hasta el atardecer, pues se podrá observar el sol ocultándose detrás del lago, entre los escombros.

Podría parecer que Epecuén está totalmente deshabitado, pero no es así. Pablo Novak es un señor que nació ahí en 1930, que vivió la época dorada del balneario y que también pasó por los peores momentos del desastre que lo abatió. A sus 85 años, y pese a las recomendaciones de propios y extraños, se niega a abandonar el lugar en el que nació y creció. Pueden encontrar acá un video (mundialmente reconocido) sobre su historia, con imágenes que lo ilustran. El es el último vecino de un pueblo contemporáneo en ruinas que vale la pena descubrir.

 

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