Hutongs en primera persona

Después del aterrizaje y un largo viaje en metro, con la mochila a los hombros salí en la estación Dengshikou. Eran mis primeras pisadas en Beijing y anochecía. El hostel donde dormiría se encontraba situado en un hutong, y uno de mis primeros desafíos chinos fue encontrarlo. Si bien uno va preparado y se cree ubicado, es más fuerte la tentación inconsciente de desviarse, como sin querer… Pateaba esas callecitas para un lado, luego me daba cuenta de que por ahí ya había pasado, luego preguntaba a algún vendedor en mi lenguaje de señas de principiante, luego me volvía a confundir y otra vez pasaba por el mismo lugar. Finalmente, y tras haber dado vueltas el mapa una quince veces, pude encontrar la dirección del hostel: Shijia n° 9.

Estoy alojado en un hutong del barrio de Dongcheng. Es maravilloso. Los hutongs son las calles angostas o pasajes que conforman un tipo de organización urbanística tradicional de la capital china. Cualquiera podría decir que se asemejan mucho a un laberinto. Las viviendas suelen ser casas bajas con techo de tejas, adosadas en torno a un patio interno compartido. Este tipo de residencias se llama siheyuan, y cada uno alberga a varias familias. Es en ese patio interior, además de las calles, donde se desarrolla la vida cotidiana de los habitantes actuales de esas zonas tan antiguas. En algunos casos, los edificios que dan hacia el frente han sido reconvertidos en tiendas.

Los primeros hutongs se construyeron en el último cuarto del siglo XIII, bajo el reinado de la dinastía Yuan (de origen mongol). La siguiente dinastía, Ming, los modificó a su manera, cuando situó en la Ciudad Prohibida su centro político. Los primeros lugares cercanos a este complejo arquitectónico los ocupaban las viviendas de familias de mayor importancia social o económica, y después se encontraban los hutongs, morada de los pobladores trabajadores. Cuentan que llegaron a existir más de cuatro mil de estos pasadizos. A principios del siglo pasado, bajo el gobierno de la dinastía Qing, todavía se contabilizaban 978 hutongs. El paso del tiempo afectó bastante la conservación edilicia, empeorando en general las condiciones de vida. En las últimas décadas, con el vertiginoso avance de Beijing hacia el futuro, muchos hutongs fueron demolidos para proyectar nuevos trazados de calles o autopistas, dejando paso a edificios vidriados de todo tipo de siluetas. Ya no quedan tantos, pero los que quedan se encuentran en bastante buen estado.

Mi primera salida a recorrer hutongs me llevó por los alrededores del hostel, por esas callejuelas que cruzan la Avenida Dongsi, al este de la Ciudad Prohibida. Algunos de los nombres son Waijiaobu, Yanyue y Baofang. En los sectores más cercanos a la mencionada avenida, en estos hutongs se ubican muchos pequeños almacenes, puestos de comida, fruterías, pescaderías y tiendas de elementos de uso diario. La circulación de personas, bicicletas y motos eléctricas por aquí es incesante. Sin embargo, ingresando por cualquiera de ellos unas cuadras, la cosa se pone más tranquila y se pueden ya ver más viviendas estilo siheyuan tradicional.

Algunas horas horas más tarde encontré por casualidad el siguiente hutong, que fue uno de los que más me gustó. Después de visitar la Ciudad Prohibida (una maravilla que merece un capítulo aparte), había decidido no entrar al Parque Beihai, y debía caminar hacia el norte para buscar el metro. El camino me llevó hasta el hutong Gongjian, y por ahí empecé a caminar. Es un pasaje angosto, desfile de vecinos que regresan de sus trabajos, estudios o de hacer las compras. Más autóctono, si se quiere. Lo mismo ocurre por los callejones aledaños al norte de la Avenida Jiugulou, donde se puede espiar bastante lo que ocurre dentro de los siheyuans. Porque tan curiosos son los chinos que a nadie le molesta demasiado la curiosidad ajena, como que entres a su patio y los veas colgando allí la ropa para secar o jugando con sus nietos.

En los hutongs cercanos a los Templos de Lama y de Confucio, mientras tanto, la temática se pone religiosa. Los arbolados pasajes de la zona están ocupados por tiendas de venta de estatuillas, pinturas, inciensos, cintas, escritos en caligrafía y demás. Hay aroma a incienso por todo el lugar, y hasta se puede encontrar algún grupito de artistas pintando un cuadro con una técnica que parecería que les va a tomar cien años terminarlo.

En cuanto a los hutongs más comerciales y orientados a los occidentales puedo mencionar los que están al sur de las Torres de la Campana y del Tambor, en la zona de Shichahai. Casi todas las casas aquí se han reconvertido en algún tipo de negocio. Por un lado tenemos a los que están situados por el Lago Qianhai, muy interesantes porque varios de ellos desembocan hacia el agua y dan una hermosa imagen. Hay tiendas de comida al paso, restaurantes y venta de artesanías y objetos de recuerdo. Pienso yo que es recomendable visitarlo de noche, porque las luces y las sombras le dan un toque especial a la escena. Por otro lado tenemos los hutongs que cruzan Nanluogu Xiang, una muy concurrida calle peatonal. Y cuando digo muy concurrida me refiero a un nivel chino de personas. En esta peatonal encontraremos mucha más oferta de comida al paso y objetos de recuerdo, pero también algunas otras cosas de diseño más vanguardista. Ahora bien, los hutongs perpendiculares a Nanluogu Xiang, hacia el este o hacia el oeste, son una delicia. Vale la pena dejarse llevar por Mao’er, Banchang o Qiangulouyuan, lejos del ruido, y adentrarse por esos rincones tan propios y sorprendentes de la ciudad pekinesa antigua. En esta zona de hutongs es en la única en la que vi que han puesto carteles de información explicando la historia de cada uno de ellos, además de mencionar los antiguos nombres que recibieron en distintas épocas.

Algo que me llamó la atención de los hutongs las primeras veces fue que cada más o menos 100 metros suele haber baños de acceso público y gratuito. Luego me enteraría que esto se debe a que las casas de los siheyuans no tienen instalación cloacal propia, por lo que todos recurren allí. Y por esto mismo no es nada raro observar gente que va por la calle en piyama y pantuflas, que además de salir al baño aprovecha y hace dos o tres compras para el almuerzo o la cena. Muy bueno.

Considero que una visita a Beijing no está del todo completa sin la experiencia de perderse en sus hutongs, al menos por un par de horas. Hay para todos los gustos: más concurridos o más solitarios, más limpios y más sucios, más comerciales y más residenciales, más oscuros y más iluminados, más angostos y mucho más angostos. Con sus faroles rojos y amarillos, sus tejas con formas de dragones, sus paredes siempre grises y las bicicletas que pasan raspando al lado de los peatones, son la huella encendida de esta ciudad. Y, por qué no, de otros tiempos.

 

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Viajero Cualquiera

Me llamo Pablo Palacio. Nací en 1978 en Buenos Aires, donde actualmente vivo. Mi curiosidad me llevó a recorrer unos cuantos lugares y mi inquietud me hacer querer contarlo. Hasta el momento he viajado por 31 países. El blog lo hago desde septiembre de 2015. Te invito a acompañarme...

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