A propósito de Anthony Bourdain

Cuando vi el título en un portal de noticias, leí el nombre esperando encontrar otro apellido, nunca el que desgraciadamente estaba escrito. Me tomó por sorpresa y tardé unos segundos en darme cuenta de lo que pasaba. Se había confirmado la muerte de Anthony Bourdain, aparentemente por un suicido. Me afectó de una manera curiosa, porque se había despedido alguien con el cual pude viajar desde el otro lado de la pantalla en buena compañía.

¿Quién era Anthony Bourdain? Pues en primer lugar un chef nacido en Nueva York en 1956, que manejó las cocinas de varios restaurantes de su ciudad. Brasserie Les Halles, el más reconocido de ellos. En sus ratos libres le gustaba escribir, hasta que un día publicó un libro que le cambiaría la vida. Se trata de Confesiones de un chef, en el que cuenta experiencias personales relacionadas a su oficio pero también al sexo y las drogas, y donde devela con una sinceridad brutal la parte oscura del negocio gastronómico que tan bien conocía (ciertos detalles de los que los clientes preferirían nunca enterarse).

Anthony BourdainLa cuestión es que el libro fue un éxito de ventas y Bourdain comenzó a ganar cierta notoriedad pública, además, gracias a algunas apariciones televisivas. Entonces se le abrió la posibilidad de publicar un segundo libro, nacido de su curiosidad viajera y culinaria. Era el año 2000. “¿Qué le parece esta idea? -sugerí a mi editor-. Viajo por el mundo haciendo lo que se me antoje. Me alojo en buenos hoteles o en tugurios. Como platos complicados, exóticos, maravillosos, haciéndome el indiferente como he visto en las películas, en busca de la comida perfecta. ¿Qué tal?”

El editor afortunadamente contestó que sí. Y no sólo eso, porque al proyecto del viaje para escribir un libro se le agregó el de un programa mostrando esas aventuras por lugares lejanos. Casi todo el tiempo lo estaría acompañando y filmando un equipo de al menos tres personas. Bourdain comentaría, más tarde, que esta situación de exposición lo incomodaba, lo avergonzaba, y sentía que había vendido su alma al diablo. El resultado de esa gira en busca del plato perfecto fueron un muy buen libro llamado Viajes de un chef y 35 episodios del documental que fueron emitidos por Food Network. El programa tuvo muy buena aceptación por parte del público.

Anthony BourdainDebe ser que aquello que lo incomodaba dejó de hacerlo, porque desde entonces el futuro de Bourdain pasó a estar tan ligado a la pantalla como lo estaba a la gastronomía. Sus dos ciclos posteriores más recordados son No reservation (2005-2012 por Travel Channel) y Parts unknown (2013-2018 por CNN).

Su estilo me cautivó desde que lo descubrí alguna noche de insomnio haciendo zapping. No era para nada la forma clásica de encarar un programa de viajes; este tipo tenía otra actitud, otra mirada. No mostraba imágenes del Coliseo ni de la Pirámide de Guiza mientras con voz radial relataba la historia que aparece en las enciclopedias. Era más problable, por ejemplo, que siguiera el camino diario de los fideos que se venden en las calles en Shanghai: visitar al señor mayor que los amasa de a kilos en su casa de la periferia, conocer a quienes los transportan y distribuyen en motos bien cargadas por esas calles que parecen laberintos, para terminar comiéndolos en un puestito de barrio en compañía de algún habitante local que conociera.

En la época de No reservation, su tema de interés principal era ubicar la comida en su contexto, como conté recién. En el medio pasaban muchas cosas. Cada capítulo era un mundo de historias, de magníficos personajes y de vivencias cotidianas. Siempre con un tono descontracturado y con buen sentido del humor. Una aptitud personal muy destacada suya le permitía encajar bien en cualquiera ambiente, su respeto por la diversidad parecía honesto (algo que no es tan común en el medio televisivo).

Anthony BourdainSi nunca viste nada de su trabajo, dejá de leer esta nota y andá a ver algo de su mejor material.

En dos oportunidades visitó Argentina para grabar sus programas. La primera en el 2007, cuando fue recibido y acompañado en Buenos Aires por algunos miembros de Los Pericos y, entre otras cosas, conoció el taller de la artista Marta Minujín. Para comer algo autóctono eligió un choripán en un carrito de la Costanera y empanadas de El Cuartito. Después estuvo en la Patagonia, viajando por lugares como Bariloche, El Bolsón y El Calafate. En esa zona puso su interés en distintos platos preparados con carne de cordero, y también pudo tomar whisky con hielo del glaciar Perito Moreno, rodeado de aquellos bellísimos paisajes.

La segunda vez fue en 2016 y estuvo únicamente en Buenos Aires, que lo sorprendió porque se encontraba bastante despoblada debido a las vacaciones de verano. En este caso lo hizo trabajando para su ciclo Parts unknown, que a la temática gastronómica habitual le agregaba cuestiones sociales, culturales y hasta políticas. En Buenos Aires puso el enfoque en dos temas principales: el éxito de la integración multicultural y la relación de los porteños con el psicoanálisis. Incluso se sometió él mismo a una sesión de terapia. Para cerrar ese programa fue con su silla reposera a ver despegar los aviones del Aeroparque Jorge Newbery, mientras bebía Amargo Obrero.

Barack Obama y Anthony BourdainEn los últimos tiempos, uno de los episodios que más repercusión tuvo fue la comida que compartió con Barack Obama en un sencillo restaurante de Hanoi. Allí se los pudo ver sentados en banquetas de plástico, comiendo fideos y brindando con botellitas de cerveza fría, junto a los comensales de otras mesas que no salían de su asombro. Tras conocerse la noticia del fallecimiento, el ex presidente de Estados Unidos publicó en sus redes sociales un mensaje de recuerdo en el que expresaba que Bourdain “nos enseñó a tenerle un poco menos de miedo a lo desconocido”.

Tenía 61 años y había viajado por más de ochenta países. Estaba en París para filmar un nuevo capítulo de Parts Unknown, su cuerpo fue encontrado en el hotel el 8 de junio. Quién sabe qué motivos lo habrán llevado a quitarse la vida. Su partida me dolió. Por haberlo visto tanto en la televisión y un poco de lo que pude leer, siento como que lo conocía, aunque más no sea de manera lejana. No era difícil darse cuenta de que Anthony Bourdain gozaba del auténtico espíritu viajero. De su libro Viajes de un chef transcribo el siguiente párrafo que así lo demuestra:

Anthony Bourdain“Quería aventuras. Quería subir río Nung arriba hasta el corazón de la sombría Camboya. Quería cruzar el desierto a lomos de camello, sólo arena y dunas en todas direcciones; comer un cordero entero con los dedos. Quería sacudirme la nieve de las botas en un club nocturno de la mafia rusa. Quería jugar con armas automáticas en Phnom Penh, recuperar el pasado en un pueblo de pescadores de ostras en Francia, poner el pie en una pulpería de mala muerte, alumbrada con luces de neón en el México rural. Quería burlar los retenes en plena noche con un puñado de paquetes estropeados de Marlboro, pasando como una exhalación delante de la milicia enfurecida. Quería sentir miedo, entusiasmo, asombro. Quería sobresaltos. La clase de estremecimientos y escalofríos melodramáticos que anhelaba desde la infancia, la clase de aventuras que encontraba de niño en las páginas de mis libros de historietas de Tintín. Quería ver el mundo… y quería que el mundo fuera como en las películas.”

 

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